Indumentaria

La indumentaria tradicional, o trajes populares característicos de nuestra tierra, forma parte de nuestra cultura, aquellos que fueron utilizados por gentes sencillas (el pueblo).

En el siglo XVIII, a partir del reinado de Carlos III, en nuestra zona, igual que en el resto del país, dominó una moda típicamente española. El pueblo gastaba chupas, la capa de buen paño, calzones, camisas engalanadas. Las señoras lucen cuerpos estilizados, jubones estilizados, junto a basquiñas y guardapiés, cofia, mantellina, zapato de seda.

"La viuda toca, la vieja manto, la doncella pañoleta de laberinto, de tafetán las mujeres artesanas y de paño terciado la lugareña, el tejido de muselina era corriente, las damas, no contentas inventan grandiosos pañuelos de hombros, que siempre tenían que cubrir por decoro o buen vestir."

En términos generales la ropa del s. XVIII se componía en la mujer de justillo y jubones, faldas amplias, los engrosamientos intencionados de las caderas mediante profusión de enaguas, la acusada estrechez de la cintura, realce del pecho y amplios escotes, que en labradoras se recataron mediante pañuelos como signo de modestia y honestidad, así como el delantal que al tiempo que es prenda protectora también se convierte en prenda ornamental imprescindible entre la gente sencilla.

En el hombre, vistoso chaleco, calzón de paño fino o de estameña, chupas, la camisa de lienzo por lo general tejido en la propia casa y es de uso común para ambos sexos, la mayor parte de las prendas se ajustaban y ceñían al cuerpo.

Hay ropa que podemos considerar exclusivamente de las clases populares, como el gasto de mantas de tapar, alforjas, fajas, pañuelos de cabeza, así como determinado tipo de calzado.

Los materiales empleados para las ropas podrían clasificarse en: lino, cáñamo, yute, pita, esparto, lana y seda. Con el tiempo el algodón sustituye a estas fibras, principalmente la seda.

Para embellecer a la mujer se ponen pendientes o arracadas, siendo las más corrientes los aros. Como complemento del aderezo femenino aparecen broches, cruces o lazos de donde cuelgan delicadas piezas de orfebrería. También era frecuente utilizar a modo de collar un rosario, tanto el hombre como la mujer y diferente al usado para el rezo. No podía faltar los amuletos para protección, siendo frecuente prenderlos sobre la ropa, relicarios con diversas reliquias, escapularios y advocaciones con engarces de filigranas, pequeñas cajas merecen destacar las de forma de corazón, diversas medallas cinceladas. Todos estos objetos devocionarios en el transcurrir de los tiempos pasaron a perderse en el interior de las ropas, incluso a estamparse sobre las prendas como la camisa o enaguas.

Con el S. XIX llega la Revolución Industrial, la fabricación de tejidos se mecaniza, separándose el tejido industrial del artístico y se realiza la producción seriada. En el indumento del hombre el lujo sigue radicando en el chaleco. Fue el Papa Pío VI quien prohibió los calzones ajustados, desapareciendo aunque muy lentamente el uso de dicha prenda, se modifican otras prendas como la del corte de la camisa, se cambia la chupa por la chaqueta, a pesar de los cambios perdura el uso del pañuelo de cabeza, de albarcas. Hasta bien entrado el S. XX en algunos lugares recónditos encontraremos gentes utilizando el calzón corto.

La mujer alarga la falda o saya con la que cubre hasta el tobillo, desaparecen en los jubones las varas de madera, se cierran escotes, se alargan mangas, se trata de un indumento que muestra un gran recato, no obstante se siguen conservando algunas prendas propias del vestir de décadas pasadas.